Anoche, en un consulado de Doral, una colombiana de sesenta años salió de votar con una gorra roja que decía «Make Colombia Great Again» y se persignó. A cuatro mil kilómetros, frente al monumento Ventana al Mundo de Barranquilla, un abogado de cuarenta y siete años subía a un escenario a reclamar la presidencia. Entre esa gorra y ese escenario hay una línea recta, y no pasa por Bogotá: pasa por Florida. Anoche no ganó solo un candidato. Ganó un método.
Hace dos semanas describí en estas páginas el laboratorio de Florida: la operación territorial, discreta y paciente, que desde Miami se propuso desmontar el Foro de São Paulo y rehacer el mapa político de las Américas hacia 2030. Entonces era una hipótesis con tres piezas sobre la mesa. Hoy es una cosecha. Argentina ya había girado con Milei en 2023; El Salvador era el modelo Bukele; Ecuador se alineó con Noboa. Luego, en diciembre, Chile entregó La Moneda a José Antonio Kast. En abril, Perú empujó al fujimorismo al frente. Y anoche, 21 de junio, Colombia eligió a Abelardo de la Espriella. Pieza por pieza, el tablero se vuelve azul.
Conviene medir lo que pasó en Colombia, porque es histórico y frágil a la vez. De la Espriella —abogado criminalista, outsider, fundador de Defensores de la Patria, abiertamente pro-Trump y comparado con Bukele— se impuso por el margen más estrecho de la historia reciente: 49,66 contra 48,70, menos de un punto, apenas doscientos cincuenta mil votos. Sucede a Gustavo Petro el 7 de agosto. Cepeda, el heredero del petrismo, impugnó treinta y tres mil mesas. Es un país partido por la mitad. Pero la mitad que ganó es la que, hace tres semanas, ninguna encuesta seria daba arriba: el mismo undercount del voto antiestablishment que ya vimos con Trump, con Milei, con Bukele.
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La ola que se retira
Lo que cambió en Colombia no es quién gobierna. Es quién decide quién puede gobernar.
Porque nada de esto es espontáneo, y ese es el punto que casi nadie quiere nombrar. Detrás de Caracas, de La Habana y ahora de Bogotá hay una sola mano, y tiene nombre: Marco Rubio. El secretario de Estado cubanoamericano se ha convertido en el funcionario más eficaz que Washington ha tenido en América Latina en una generación. No improvisa: ejecuta una doctrina de cuatro palabras —libertad económica, instituciones fuertes, anti-narcopolítica, ciudadanización del poder— y la aplica país por país con paciencia de relojero. Lo que hace tres años parecía impensable, hoy es un mapa.
Interactivo · Las urnas de Colombia
El balotaje más estrecho de la historia reciente
Segunda vuelta, Colombia, 21 jun 2026 (preconteo, 99,99% de mesas). Margen: 0,96 puntos · 250.830 votos.
Pero una doctrina no apaga una marea. Para apagar una marea hay que cortarle la corriente, y Estados Unidos cortó dos. El primer interruptor fue Irán. Lo conté desde Ormuz y desde La Habana: al degradar a Irán hasta volverlo prisionero de su supervivencia, Washington le arrancó al bloque adversario su mano extrahemisférica, el padrino lejano que durante años financió su alcance asimétrico en el continente. El segundo interruptor fue el dinero. En enero de 2025, una orden ejecutiva congeló la ayuda exterior y desmanteló USAID: se canceló el ochenta y tres por ciento de sus programas y se cortaron los dos mil trescientos millones de dólares anuales que la agencia inyectaba a la región.
Una marea se apaga cortándole la corriente. Washington cortó dos: Irán y el dinero.
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Los dos interruptores
Conviene entender qué regaba ese dinero, porque ahí está lo incómodo. Durante décadas, USAID no fue solo vacunas y semillas: fue la irrigación de un vasto ecosistema de organizaciones, fundaciones, observatorios y cuadros que, con el lenguaje de los derechos y la sociedad civil, conformaban la infraestructura blanda de toda una corriente política. Cortada el agua, la infraestructura se seca. No es que Washington haya prohibido a la izquierda; es que dejó de pagarle el riego. Y una planta que creció durante treinta años bajo riego artificial no sabe sobrevivir a la primera sequía.
Colombia mostró, además, las dos caras de esta guerra por el territorio. De un lado, la estrategia de la izquierda: apoyarse en las zonas donde el Estado apenas llega, donde mandan las economías ilícitas, donde el voto se moviliza en la misma geografía en que se mueve la coca. El propio Cepeda describió esos territorios atados a economías de explotación sangrienta; ahí, y en el voto del exterior, se concentró la pelea por las mesas impugnadas. Del otro lado, la respuesta de Washington, que ya no es diplomacia: es inteligencia territorial. Petro fue incluido en la Lista Clinton —la primera vez contra un presidente colombiano en ejercicio—, Colombia fue descertificada en la lucha antidrogas por primera vez en casi treinta años, la Guardia Costera atacó narcolanchas en el Caribe, y Trump respaldó a De la Espriella en Truth Social dos días después de la primera vuelta. Estados Unidos dejó de observar elecciones. Ahora decide quién puede ganarlas.
Estados Unidos dejó de observar elecciones: ahora decide quién puede ganarlas.
Y por eso el triunfo de Abelardo es mortal para López Obrador y para Morena, aunque ocurra a cuatro mil kilómetros de la frontera. Mortal por aislamiento: con Venezuela caída y Colombia perdida, México queda como el último gran bastión del Foro de São Paulo, y Morena —miembro pleno de ese Foro— gobierna una casa cada vez más sola. Mortal por método: el modelo Bukele, replicado y validado en las urnas, le entrega a Washington una doctrina anti-narcopolítica probada, y esa doctrina apunta exactamente a lo que el dossier de Florida ya nombró: el narcopartido. Y mortal por manual: la Lista Clinton, la descertificación, el respaldo a un outsider —el guion completo que se ensayó con Petro— es el mismo que puede activarse, mañana, sobre la cúpula mexicana.
La marea, que se retira en todo el continente, sube en un solo lugar: México. Las grietas ya se ven en casa. En Coahuila, el PRI que se daba por muerto barrió a Morena dos a uno. López Obrador logró lo imposible: que los mexicanos volvieran a querer al tricolor. El laboratorio de Florida tiene un horizonte declarado, y no es Bogotá ni Lima ni Santiago. Es 2030, y es mexicano. Cada pieza que cae en el sur estrecha el cerco que se dibuja sobre el norte. La ola no avanza hacia México: se retira de todas partes para concentrarse en México.
Y debe quedar absolutamente claro, porque es la columna que sostiene los tres episodios que he contado este mes: nada de esto habría sido posible sin Irán. Trump no ganó una guerra en el desierto; la cerró a propósito para tener las manos libres aquí. Apagar Irán fue el primer interruptor. Apagar el dinero fue el segundo. Y con las dos corrientes cortadas, la inteligencia territorial hizo el resto, urna por urna. Ormuz, La Habana y Bogotá no son tres noticias: son tres movimientos de la misma partida. Quien los lea por separado no entenderá ninguno.
Cuando la marea se retira, deja ver el fondo: las piedras, los restos y la forma exacta de quién movió la luna. Lo que el continente está viendo estos meses no es una sucesión de sorpresas electorales. Es una sola operación, paciente y territorial, ejecutada desde Florida y financiada por dos apagones. La izquierda latinoamericana no perdió una elección: perdió su marea. Y México, que mira el agua subir desde la única orilla que aún resiste, haría bien en entender que lo que empezó en Irán y pasó por La Habana no terminó en Bogotá. Viene en camino, y trae fecha: 2030.